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Porque de Tal Manera…

Categories: Pastor Carlos

Juan 3:16-21 NTV
Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él. No hay condenación para todo el que cree en él, pero todo el que no cree en él ya ha sido condenado por no haber creído en el único Hijo de Dios. Esta condenación se basa en el siguiente hecho: la luz de Dios llegó al mundo, pero la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malvadas. Todos los que hacen el mal odian la luz y se niegan a acercarse a ella porque temen que sus pecados queden al descubierto, pero los que hacen lo correcto se acercan a la luz, para que otros puedan ver que están haciendo lo que Dios quiere.

La condición para NO ser condenados es CREER en Él.

El que no cree, se condena a sí mismo por haber rechazado “la luz que vino al mundo” al estar enfrascado, seducido y dominado por la oscuridad espiritual que trae el estar alejados de Dios. Toman una decisión consciente o inconsciente de apartarse del “Creador de la luz”.

La luz, al dejar descubiertas nuestras acciones, nos hace ver como REALMENTE somos y no como pretendemos ser. Es como si nos despojáramos de un disfraz que nos encubría. Al mirarnos “reflejados” ante la claridad y pureza de un Dios perfecto y Santo, preferimos dar la espalda y permanecer en la “oscuridad” para que nadie pueda ver nuestras faltas, olvidándonos que de la mirada de Dios no podemos huir porque Él está en todas partes.

La costumbre de un gran sector de la iglesia durante muchos años de condenar al pecador, sin dar espacio para un alternativa de esperanza de salvación, está en total contradicción con lo dicho en el versículo 17: Jesús mismo no vino a CONDENAR, sino a SALVAR.

Si a este hecho le sumamos nuestra propia debilidad humana al caer muchos que han profesado ser siervos de Dios en conductas igualmente pecaminosas y “condenables”, el argumento principal se reduce a una contienda entre aquellos que dicen haber “alcanzado” la salvación y los “perdidos” que aún no lo han hecho y se sienten “acosados” o “perseguidos.”

Se desarrolla entonces un conflicto completamente adverso al verdadero espíritu de Cristo, quien jamás se dirigió a un pecador con términos ásperos ni condenatorios. Por el contrario, Jesús reservó Sus críticas más severas para los que “aparentaban” ser hijos de Dios y realmente estaban haciendo la labor del enemigo de las almas. “Ustedes le cierran las puertas del reino de Dios a la gente. Ni entran ustedes ni dejan entrar a los que tratan de hacerlo”, les dijo Jesús en una ocasión.

Dios no nos ha elegido desde antes de la fundación del mundo para que evitemos la entrada de otros en Su Reino, sino para que vayamos y tengamos mucho fruto. Fruto que se mide en términos de las personas a las cuales podamos ayudar a quitar sus “vendas espirituales” que no les permiten ver las bondades y maravillas de Su Reino glorioso aquí mismo en la tierra; de manera que puedan responder al llamado (que también es para ellos) y puedan advenir, junto a nosotros, a la salvación y redención de sus pecados efectuada de una vez y por todas en la Cruz del Calvario.

La Palabra de Dios es más severa con los que decimos conocer su significado que con aquellos que aún lo ignoran. Hay muchas personas que solamente conocen de la Biblia lo que han escuchado acerca de ella, porque no han tomado el tiempo de leer su contenido. Pero nosotros, los que alegamos servir a Dios, tenemos un estándar mucho más alto. Nuestro ejemplo es nada más y nada menos que el mismo Jesucristo, el siervo sufriente y amoroso que dio Su vida por cada uno de nosotros.

Por eso tenemos una responsabilidad MAYOR de mantener la cordura, la sensatez y nuestro testimonio incólume ante cualquier ataque que el enemigo pueda lanzarnos. No podemos responder a la violencia con más violencia.  No podemos contender con insultos a aquellos que nos insulten. Tenemos que soportar el escarnio, la burla, el vituperio, del mismo modo que Jesús lo hizo, aun siendo Hijo de Dios:

Filipenses 2:5-8 RV 1960
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Y entonces, seremos bienaventurados:

Mateo 5:11-12 RV 1960
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

Seamos “los que hacen lo correcto” (v 21), acercándonos a Su luz admirable para que podamos dar luz a aquellos que necesitan dirección para el camino. Tengamos un celo profundo por las almas y no permitamos ser distraídos en lo más recio de la batalla, creyendo que luchamos contra los pecadores, cuando realmente estamos luchando contra aquel que desea arrastrarnos junto a sí mismo a las profundidades de la oscuridad del pecado.

Efesios 6:12
Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

¡Es hora de despertar del letargo del sueño y clamar porque se haga la voluntad de Dios “como en el cielo, así también en la tierra”!

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Author: Carlos Camacho

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